17 junio 2009

Todo sobre el ictus cerebral

La brusca interrupción del flujo sanguíneo al cerebro afecta al sistema nervioso central, a veces de forma muy grave. La causa puede ser la oclusión de una arteria o la ruptura de un vaso sanguíneo.



Nos avisan de una urgencia a domicilio. El paciente ha perdido el conocimiento. Cuando llegamos ya lo recupera pero nos cuenta que se le ha paralizado un lado de la cara y que ha perdido fuerza en un brazo. Le cuesta expresarse, entender lo que se le dice y emplear un lenguaje inteligible. También experimenta dificultades para caminar y pérdida de equilibrio o de coordinación. Tiene dolor y atontamiento, y algo de dificultad visual. Ante nosotros tenemos un problema: ictus, que en latín significa «de golpe», de repente, una presentación súbita y violenta. También se le denominó apoplejía o parálisis, y hoy se le llama accidente cerebrovascular, aunque la palabra que mejor lo define sigue siendo ictus.
El término alude a una interrupción brusca del flujo sanguíneo cerebral, ya sea por isquemia (oclusión de alguna de las arterias que irrigan la masa encefálica) o hemorragia (ruptura de un vaso sanguíneo encefálico). En principio no se puede saber cuál de los dos es el motivo. Se sospecha que en el 80-85% de los casos el ictus se debe a trombos. Las hemorragias intracraneales suelen ir acompañadas de hipertensión alta y, en general, de dolor de cabeza. A menudo es necesario el traslado al hospital y una tomografía computarizada o resonancia magnética para determinar si se trata de un trombo o de una hemorragia, y así poder instaurar un tratamiento rápido.

Alejar el riesgo

Los principales factores de riesgo modificables que predisponen a sufrir un ACV son: hipertensión, tabaquismo, diabetes mellitus e hipercolesterinemia, dietas saladas, obesidad y cardiopatías productoras de trombos. La contribución de estos factores a la arteriosclerosis cerebral es bien conocida.

Los factores de riesgo adicionales incluyen: homocisteinemia, concentraciones elevadas de proteína C reactiva, alta ingesta de grasas y sal en los alimentos, falta de frutas y legumbres en la alimentación, un estilo de vida sedentario y la terapia hormonal sustitutiva en la mujer.

Buenos aliados para prevenir el ictus

Es importante revisar la dieta, priorizando el consumo de frutas, hortalizas y legumbres, e intentando moderar la ingesta de grasas de origen animal y las calentadas.
La actividad física regular es otro gran factor que disminuye el riesgo de ictus. El ejercicio aeróbico durante 30-45 minutos al día disminuye la hipertensión, mejora los lipidogramas, combate la resistencia a la insulina e intensifica la elasticidad de las arterias que irrigan el cerebro. Se ha comprobado que el taichí mejora la recuperación tras un ictus. La práctica de chikung disminuye la hipertensión y sus trastornos relacionados, como el ictus; y las asanas (posturas) de yoga mejoran de la salud vascular y neurológica.
El masaje terapéutico libera la tensión, ayuda a disminuir el espasmo y es un aliado valioso en el tratamiento del accidente cardiovascular.
Se puede recurrir a la práctica regular de técnicas para reducir el estrés, como meditación, ejercicios respiratorios y caminatas al aire libre. También conviene participar de una red social que favorezca un estilo de vida saludable.
En cuanto a la fitoterapia, se ha demostrado que una de las acciones del ginkgo (Ginkgo biloba) es proteger el cerebro contra la lesión hipoxémica, de manera que vale la pena considerar este fitofármaco como suplemento. A menudo se utilizan los anticoagulantes después de un ictus inicial: desde el ácido acetilsalicílico como fármaco único, hasta el anticoagulante más potente, la warfarina.
Tras un ictus, la recuperación es posible y además una oportunidad para cuidarse y mejorar en la vida, tanto en lo individual como en lo familiar.

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