08 abril 2010

Una primavera sin alergias

El extraordinario auge de las alergias indica que el cuerpo no reacciona con madurez ante los cambios del entorno. Diversas terapias naturales pueden aliviar esa dolencia mejor que muchos fármacos.




Con la llegada de la primavera, millones de personas se abastecen de pañuelos, fármacos o paciencia para resistir el contacto con el polen, que no provoca molestia alguna en el resto de la población. Encima este año las abundantes lluvias del invierno hacen prever una floración exuberante y por tanto elevadas concentraciones de polen en el aire. A eso hay que sumar los afectados por otros agentes alergénicos, como los ácaros o determinadas sustancias artificiales.


Las reacciones respiratorias –rinitis alérgicas y asmas– son las manifestaciones alérgicas más frecuentes. La alergia al polen afecta hoy al 20% de los españoles y según la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica, si se mantiene el ritmo actual de crecimiento, dentro de 20 años tendrá una incidencia del 30 al 50%. La sufren personas de todas las edades, con una proporción mayor en torno a los 22 años, y cada vez más niños.

Los síntomas de rinitis alérgica son congestión, estornudos, moco acuoso, enrojecimiento de los ojos, lagrimeo y picor de garganta. Pueden estar causados por diversos pólenes, mohos, polvo, ácaros, compuestos químicos o pelos de gatos y, con menos frecuencia, de perros. Los mismos alérgenos pueden provocar ataques de asma, con tos, cortedad de aliento, silbidos bronquiales y una opresión en el pecho que puede llegar a bloquear la respiración. Para prevenir las alergias o encontrar un tratamiento eficaz es necesario comprender el origen de la enfermedad.

Los estudios indican que hay diversas causas. Para empezar, existe un factor genético. Los hijos de padres y especialmente madres con alergia tienen entre un 25 y un 75% más de riesgo de sufrirla. Y suele darse una incidencia mayor entre las personas que viven en las ciudades, debido a que las partículas que salen de los tubos de escape alteran la superficie de los granos de polen y de otras partículas orgánicas en principio inofensivas, ante las que el organismo reacciona como si se tratara de una amenaza.

Los tratamientos médicos convencionales contrarrestan los síntomas de la alergia, pero con dosis cada vez mayores y más arriesgadas. En cambio, las terapias naturales se esfuerzan por reajustar el equilibrio entre la persona y su medio, incluyendo factores físicos y químicos, biológicos y emocionales.

Manuel Núñez
Claudina Navarro


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